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Cuando hablamos de contaminación acústica, hablamos del ruido, un auténtico problema de salud pública.

El tratamiento del ruido (“conjunto de fenómenos vibratorios aéreos que, percibidos por el sistema auditivo, puede originar molestias o lesiones de oído”, según los especialistas) como un contaminante ha adolecido desde siempre de muchas lagunas legales.

La primera declaración internacional que contempló las consecuencias del ruido se remonta a 1972, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió catalogarlo genéricamente como un tipo más de contaminación. Siete años después, la Conferencia de Estocolmo clasificaba al ruido como un contaminante específico.

Pero, ¿de dónde viene el ruido?

Las fuentes generadoras de ruido son muy diversas, desde las obras de construcción o las fábricas industriales y locales musicales, pasando por los animales y personas, los aviones o ciertos fenómenos meteorológicos. Pero, sin duda, el tráfico se ha convertido hoy en uno de los principales focos de ruido. El aumento del parque automovilístico ha convertido al auto en el factor de degradación acústica más importante en nuestras ciudades, hasta el punto de deteriorar la calidad de vida urbana.

En el continente europeo (es donde hay estudios fehacientes) la UE constata en sus informes que la cuarta parte de la población comunitaria se expone a niveles de ruido superiores al límite de tolerancia, 65 decibelios (dB). Como referente, sirve señalar que en una conversación normal se registran entre 50 dB y 60 dB, mientras que en una calle con mucho tráfico hay 70 dB. Por otra parte, se sabe que casi la mitad de las ciudades españolas con una población de 100.00 a 500.000 habitantes sufren acusadamente de este mal de nuestro tiempo: la contaminación acústica. Nos encontramos ante un problema de salud pública: está científicamente demostrado que los sonidos inarticulados (no otra cosa es el ruido) pueden ocasionar estados de estrés y reacciones fisiológicas (problemas vasculares, por ejemplo) y psicológicas (déficit de atención, ansiedad o alteraciones del sueño). El ruido también puede propiciar cambios de conducta (irritabilidad o agresividad), dolores de cabeza o incluso aumento de la tensión y del sentimiento de indefensión.

No obstante, el sueño, la atención y la percepción del lenguaje hablado son las actividades más perjudicadas. El sueño se altera a partir de 45 dB (equivale al fondo sonoro de una calle residencial sin tráfico rodado, en horario diurno). Y quien sufre alteraciones del sueño puede padecer efectos como la sensación de cansancio, el bajo rendimiento académico o profesional o los cambios de humor. De ahí la conveniencia de que durante las horas de descanso nocturno disfrutemos de ese silencio que evita las interrupciones del sueño.

¿Se puede controlar el ruido?

Los métodos para contrarrestar los sonidos excesivos se clasifican en activos y pasivos (los más desarrollados) y actúan sobre la fuente que los produce. Es conocida la eficacia de métodos pasivos como los absorbentes superficiales (pantallas acústicas), silenciadores reactivos, materiales porosos, soportes anti vibratorios o resonadores, cabe mencionar que es en esta clasificación en donde Sonoflex SRL, a través de sus Materiales Acústicos Fonac, propone soluciones parciales o integrales de acuerdo a la necesidad del problema a resolver. En todos los casos conviene recurrir al departamento técnico de la empresa que puede brindar un asesoramiento gratuito, para evitar gastos innecesarios.

Retornando a los métodos pasivos, conviene destacar que estas técnicas responden a un planteamiento defensivo, lo que limita su efectividad última, y un ejemplo de ello lo encontramos en la arquitectura (sólo se insonorizan oficinas, teatros, cines y auditorios) de forma parcial y muchas veces luego de detectado el problema y no desde la planificación del edificio y en la planificación urbana. Esta última abarca aspectos tan determinantes como el tipo de construcción del pavimento, cuya calidad incide en los niveles de ruido producido por el rozamiento de los vehículos, que pueden ser incluso superiores a las vibraciones del motor del coche.

Mapa acústico de las ciudades

Una primera acción para mejorar esta incorrecta planificación sería la de elaborar un mapa acústico (medida y análisis de los niveles sonoros de diversos puntos de la ciudad), centrándose en el tráfico rodado pero sin olvidar otros emisores de ruido. A partir del estudio, se podrían adoptar medidas defensivas, el control del ruido en las motos, sin ir más lejos, y preventivas, contempladas a medio o largo plazo en función de la planificación urbanística de la ciudad.

En cualquier caso, también nosotros, los usuarios, podemos contribuir a que disminuya la contaminación acústica. Ello requiere nuestra implicación en evitar la producción de ruido, por un lado, y en llamar la atención a quien lo favorezca innecesaria o excesivamente, por otro.

Cómo evitar el ruido en el tráfico

Realice un buen mantenimiento de su vehículo, con especial hincapié en el silenciador. Además, una presión correcta en las ruedas evita ruidos y vibraciones no deseadas.

A mayor velocidad, mayor ruido. Respete los límites. Cuando circulamos por calles estrechas, el ruido se multiplica, por tanto reduzcamos la velocidad.

Evitar aceleraciones y frenazos bruscos en los semáforos.

Utilice la bocina del auto sólo cuando sea necesario o en caso de emergencia.

Detenga el motor en embotellamientos o paradas.

Hacer uso de los transportes públicos siempre que pueda.

Utilice la bicicleta o sencillamente intente ir a pie. Es más sano, más barato y no contamina.

Niveles de ruido

Entre 10 y 30 dB, se considera muy bajo. Es el típico de una biblioteca.

Entre 30 y 55 dB, el nivel es bajo. Con la ventana cerrada, el sonido de una calle animada puede alcanzar hasta 55 dB. Un ordenador personal genera 40 dB.

A partir de 55 dB y hasta los 75 dB, el nivel se considera ruidoso. Los 65 dB se consiguen con un aspirador, un televisor con volumen alto o un radio despertador. Un camión de la basura provoca 75 dB.

El ruido fuerte se alcanza entre 75 dB y 100 dB. A partir de 100 dB, estamos ante un ruido intolerable. Es propio de una discusión a gritos, la pista de baile de una discoteca o de una vivienda muy próxima a un aeropuerto.

Y a partir de 120 dB, se genera daño al oído. Para hacernos a una idea, vaya este dato: 140 dB de ruido equivalen a lo que se percibe cuando uno se encuentra a sólo 25 metros de un avión que despega.

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